Una planta para reflexionar

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En los últimos meses, nos encontramos frecuentemente con noticias sobre la legalización del cultivo y procesamiento de la marihuana en Colombia. Hasta hace muy poco los usos de este cultivo eran considerados totalmente ilícitos por estamentos internacionales, en sintonía con las políticas antidrogas estadounidenses, las cuales desde su origen consideraron el cannabis como algo propio de las minorías migrantes. Argumento que se extendió con tal fuerza que logró posicionar a la conservadora institucionalidad estadounidense como autoridad en los temas de marihuana. [1]

En Colombia, al igual que en todo el continente nuestroamericano, la marihuana llegó a través de las migraciones. Tuvo su bonanza en la Costa Caribe por acción de anglosajones que, evadiendo la Guerra de Vietnam, llegaron a la Sierra Nevada de Santa Marta para promover su cultivo y con él ayudar a sus compatriotas en el frente asiático a soportar los dolores causados por la guerra. Todo sucedió bajo la concupiscencia de las elites que ejercían el poder a través del Estado colombiano, en detrimento del ecosistema y de las sociedades ancestrales asentadas al norte del país.

Con la apropiación del discurso antidroga en Colombia, se introdujo el modelo de desarrollo de la “modernización” con fuertes implicaciones en las ruralidades, en la medida que incluyó, entre otras acciones, la implementación de monocultivos para impulsar la industria nacional. Pretensión que no logró materializarse ni en Centroamérica ni en los países andinos, debido a que la concentración de la riqueza y los medios de producción en pequeñas elites no les permitió dejar su carácter agroexportador.

Con la llegada del modelo de desarrollo neoliberal, y su supuesta cualidad para lograr la libre competencia en el mercado mundial, no le fue posible al aparato productivo colombiano competir con los países industrializados, lo que ha generado desde la década de los 80 una inundación de importaciones de productos agrícolas que en otrora fueron cultivados por la ciudadanía rural.

La población rural colombiana, al igual que las comunidades originarias y negras, encontró que las lógicas de “libre mercado” no tenían relación con su realidad, por lo que se vio avocada a adaptarse para hacer frente a la imposibilidad de comerciar los cultivos tradicionales y vivir de sus ganancias. Acudió a aquellas plantas (coca, marihuana, adormidera y amapola) que crecen como malezas, no requieren de abono y su venta se efectúa en la puerta de la finca con un pago rápido y extrañamente solvente. En busca de esa contracultura, tales plantas llegaron a las ciudades como un producto para fumar y reflexionar en contraposición a las posturas retardatarias de las izquierdas y derechas.

Con el arribo del siglo 21 y estos cultivos proscritos, lo que no pudo lograr el discurso neoliberal en la ruralidad, lo alcanzó la política antidroga: algunas de nuestras ruralidades se insertaron en la economía y el funcionamiento del Estado [2] de manera subrepticia; situación aprovechada por Estados Unidos que, al reconocer el gran mercado que se había abierto con su política antidroga, consideró oportuno revitalizar el capitalismo mediante la venta de marihuana.

Así como en el siglo 20 los movimientos feministas lograron ser uno de los movimientos sociales y políticos más influyentes, en el curso del siglo 21 el movimiento cannábico, junto con el de los sectores LGBTI, se viene perfilando como una fuerza transformadora de la política. Esto no sólo por las consultas populares que se han desatado en algunos estados de la unión estadounidense a favor del consumo de marihuana, sino además por (i) las cientos de madres latinoamericanas que, enfrentando las leyes, cultivan marihuana para brindar una mejor calidad de vida a sus familiares con diferentes tipos de enfermedades; y (ii) la contribución que han realizado las personas que integran el variopinto espectro del movimiento cannábico colombiano a la transformación del imaginario colectivo de la marihuana que la concibe como un producto del narcotráfico, por una concepción alternativa relacionada con el emprendimiento y el autoempleo.

Pese a los cambios normativos que se han generado en el país con los decretos y leyes emergentes a favor del consumo y producción de la marihuana, se ha dejado de lado a las y los cultivadores urbanos y a la ciudadanía rural que no cuenta con los recursos financieros para tramitar las licencias establecidas. Los permisos y la posibilidad de acceder a ellos, parecen estar direccionados a quienes tienen los medios económicos para establecer grandes monocultivos de marihuana que se constituirían en desiertos verdes al servicio de la industria farmacéutica.

Lo anterior puede verse corroborado con la acelerada reglamentación que ha realizado el Estado colombiano desde 2015 del cultivo y procesamiento del Cannabis sativa L., bajo un discurso de postconflicto que pretende con esto aportar aparentemente a la integración productiva de las áreas rurales donde se desarrolló la guerra de guerrillas. De esta manera, se desconoce el papel de las comunidades rurales y aquellas personas que desde hace décadas vienen cultivando esta planta desde la modalidad de autocultivo [3], y el conocimiento que han construido alrededor de ella.

No obstante, se destaca de estos nuevos procesos normativos la legalización del uso medicinal de la marihuana, como una contradicción-complemento de los discursos hegemónicos sobre el desarrollo y las drogas en la vida cotidiana, y la oportunidad que estos procesos representan para volver la mirada de la institucionalidad del país a las dinámicas de la ruralidad.

Desde esta perspectiva, entonces, es posible encontrar en los cambios políticos en torno a la producción y cultivo de la marihuana un aporte a la solución de los problemas históricos del agro colombiano, la configuración de un Estado más grande y poderoso que el mercado, y el fracaso del neoliberalismo a manos de una planta tan curativa como recreativa.

Notas

[1] Federal Bureau of Narcotics, 1930: 15 y Musto, 1993: 248-254 citados por Sáenz (2008). estos textos exponen el espíritu de la Marihuana Tax Act 1937

[2] Para ampliar el tema desde una posición académica, véase Hidalgo, Javier. (Octubre 2015). Desarrollo y prohibición. Más que discursos… ¡cortinas de humo! Bogotá, Colombia. Disponible en: https://www.researchgate.net/publication/282729700_Desarrollo_y_prohibicion_Mas_que_discursos_cortinas_de_humo

[3] Todas las políticas públicas colombianas desde 1986 hacen referencia al autocultivo como una modalidad de producción que permite el cultivo menor de 20 plantas de marihuana sin licencias ni sanciones.

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